
Lo que sí parece cierto es que estamos en el umbral de un período muy difícil que no será ajeno a la violencia. Hay dos locomotoras que avanzan hacia la misma estación. Ninguna está dispuesta a ceder el paso y la que llegue primero gana. Chávez sabe que su popularidad está debilitada, que su acto de cierre en Caracas exigió más de dos mil autobuses venidos de todos los rincones de Venezuela para traer gente que llenara los espacios previstos —ergo, no fue un acto caraqueño— y que Rosales resultó el candidato opositor que él nunca sospechó. Chávez se sabe herido... y, por ello, es muy peligroso.
El comando de campaña de Rosales no es la Coordinadora Democrática, que fracasó estrepitosamente en el referendo revocatorio de hace dos años. Fracaso que se fundamentó —además del fraude y del ventajismo oficiales— en la ausencia de un liderazgo legítimo y en la carencia de un aparato organizativo. Ambas condiciones las tiene hoy Rosales. Es un líder que marca un rumbo y cuenta con un aparato político y organizativo que lo respalda. Además, su candidatura ha logrado reducir el abstencionismo en la oposición, algo que no ha sucedido en las filas del chavismo. Rosales no va a permitir que le roben el triunfo. Afortunadamente, es un hombre de pocas palabras y probada efectividad. Estamos en un tobogán y vamos a la misma estación.
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