
Si todo pintaba tan bien, y el liderazgo del teniente coronel se había reafirmado luego de la cita electoral, entonces ¿para qué era necesario emprender el giro violento hacia el comunismo y, con ello, lanzar la economía por el barranco de la incertidumbre y la desconfianza? El descalabro que las medidas de estatización (que no de nacionalización) anunciadas por Chávez han causado en la economía y, particularmente, en la BV, no ha quebrado el espinazo de la oligarquía, ni de los Amos del Valle, ni de la godarria caraqueña, que siguen disfrutando de sus privilegios, pues, entre otras cosas, se han ido mimetizando ante la nueva clase política dominante. Quienes sí se han visto seriamente afectados por la decisión de reestatizar la CANTV y estatizar la Electricidad de Caracas (a lo que se añade el anuncio de expropiar hasta Ávila Mágica) son los trabajadores que intentaron reguardar sus escasos caudales comprando acciones de esas importantes empresas, a las que Chávez les quiere poner el guante invocando el peregrino argumento de su supuesto carácter estratégico. Con esas amenazas queda claro que lo único que le interesa al autócrata es acumular y concentrar poder, para luego usarlo como instrumento de chantaje y coacción contra sus adversarios.
Sería ingenuo pensar que Chávez no calculó el cataclismo que las medidas delineadas por él iban a provocar en una economía tan sensible a las políticas oficiales. En la sala estratégica donde esas decisiones se adoptaron seguramente se hicieron los cómputos correspondientes. Sin embargo, se optó por provocar el tsunami. Las razones para atropellar a esas empresas e inducir la crisis de los títulos que se negocian en la BV, hay que buscarlas en el esquema ideológico político dentro del cual se mueve el teniente coronel. Los comunistas tienden a subordinar su comportamiento a las coordenadas ideológicas dentro de las cuales se mueven. En ellos se produce el fenómeno de la hiperideologización. Todo lo ven a través de ese prisma. De allí que no les importe destruir una empresa que funciona de manera eficiente, descalabrar una economía que se ha expandido y pulverizar unos títulos que se han ido revalorizando. Por encima de estos hechos empíricos, que reflejan un éxito constatable, se encuentran los mandatos que se desprenden de una visión utópica y milenarista, profundamente autoritaria y sectaria.
Chávez se ha ido despojando, a un ritmo lento pero sostenido, de la careta de demócrata nacionalista que mantuvo durante años. Ahora, sin ocuparse de las formas corteses engañozas, avanza hacia el comunismo. Por supuesto que es un comunismo particular, ese que se permite en un mundo interconectado y globalizado como el actual, y el que es posible luego de la desaparición de la Unión Soviética, superpotencia militar que alcahueteaba todas las arbitrariedades de déspotas y autócratas que, en nombre del marxismo leninismo, cometían innumerables abusos contra los derechos humanos. Chávez sabe que si no respeta algunas normas de convivencia que la globalización exige, el costo puede resultarle demasiado alto. De allí que recurra a barnices legales o a fórmulas plebiscitarias, que preservan la apariencia de legitimidad de sus políticas y medidas. Un ejemplo claro se aprecia en la arremetida contra RCTV. Un revolucionario como se supone que es él, echa mano de argumentos seudo legales para justificar un atropello como el que pretende cometer.
Para los comunistas lo más importante resulta la implantación del modelo ideológico que proclaman: colectivismo, ataque a la propiedad privada, anulación del individuo, supremacía del Estado, el partido, la clase y la patria, igualitarismo basado en el reparto equitativo de la escasez (claro, siempre la alta jerarquía de los regímenes comunistas disfruta de elevados niveles de confort). El odio y la envidia constituyen uno de los motores, probablemente el primero y más potente, que impulsa la acción de los dirigentes rojos rojitos. No toleran que la gente tenga éxito, que se enriquezca, que progrese y que alcance altos niveles de bienestar a partir de su propio esfuerzo y de los riegos que asume de forma individual y colectiva, sin la presencia asfixiante del Estado. La respuesta a la pregunta del título es fácil: ¿Por qué tanto odio? Porque son comunistas.
Sería ingenuo pensar que Chávez no calculó el cataclismo que las medidas delineadas por él iban a provocar en una economía tan sensible a las políticas oficiales. En la sala estratégica donde esas decisiones se adoptaron seguramente se hicieron los cómputos correspondientes. Sin embargo, se optó por provocar el tsunami. Las razones para atropellar a esas empresas e inducir la crisis de los títulos que se negocian en la BV, hay que buscarlas en el esquema ideológico político dentro del cual se mueve el teniente coronel. Los comunistas tienden a subordinar su comportamiento a las coordenadas ideológicas dentro de las cuales se mueven. En ellos se produce el fenómeno de la hiperideologización. Todo lo ven a través de ese prisma. De allí que no les importe destruir una empresa que funciona de manera eficiente, descalabrar una economía que se ha expandido y pulverizar unos títulos que se han ido revalorizando. Por encima de estos hechos empíricos, que reflejan un éxito constatable, se encuentran los mandatos que se desprenden de una visión utópica y milenarista, profundamente autoritaria y sectaria.
Chávez se ha ido despojando, a un ritmo lento pero sostenido, de la careta de demócrata nacionalista que mantuvo durante años. Ahora, sin ocuparse de las formas corteses engañozas, avanza hacia el comunismo. Por supuesto que es un comunismo particular, ese que se permite en un mundo interconectado y globalizado como el actual, y el que es posible luego de la desaparición de la Unión Soviética, superpotencia militar que alcahueteaba todas las arbitrariedades de déspotas y autócratas que, en nombre del marxismo leninismo, cometían innumerables abusos contra los derechos humanos. Chávez sabe que si no respeta algunas normas de convivencia que la globalización exige, el costo puede resultarle demasiado alto. De allí que recurra a barnices legales o a fórmulas plebiscitarias, que preservan la apariencia de legitimidad de sus políticas y medidas. Un ejemplo claro se aprecia en la arremetida contra RCTV. Un revolucionario como se supone que es él, echa mano de argumentos seudo legales para justificar un atropello como el que pretende cometer.
Para los comunistas lo más importante resulta la implantación del modelo ideológico que proclaman: colectivismo, ataque a la propiedad privada, anulación del individuo, supremacía del Estado, el partido, la clase y la patria, igualitarismo basado en el reparto equitativo de la escasez (claro, siempre la alta jerarquía de los regímenes comunistas disfruta de elevados niveles de confort). El odio y la envidia constituyen uno de los motores, probablemente el primero y más potente, que impulsa la acción de los dirigentes rojos rojitos. No toleran que la gente tenga éxito, que se enriquezca, que progrese y que alcance altos niveles de bienestar a partir de su propio esfuerzo y de los riegos que asume de forma individual y colectiva, sin la presencia asfixiante del Estado. La respuesta a la pregunta del título es fácil: ¿Por qué tanto odio? Porque son comunistas.
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