
Es curioso que todas esas imágenes se correspondan con nuestro paisaje y poco tengan que ver con nuestras creaciones culturales como pueblo. Curioso, entre otras cosas, porque solo una fracción minúscula de los venezolanos tiene experiencias personales de esos paisajes. Curioso porque si nos preguntan qué es Venezuela, esas imágenes equivalen a responder: Venezuela es naturaleza.
Quizás algún publicista que me lea me corregirá diciéndome: ¡oye, pero también, en los documentales que se proyectan en los aeropuertos, siempre hay tomas de nuestras tradiciones! Perdón, es verdad, debemos agregar otras imágenes: unas tomas de los Diablos de Yare, un tamunangue, un pescador artesanal arreglando una atarraya o unos niños yanomamis. No más de eso.
El dato es grueso, casi obvio. Y por obvio, dejamos pasar lo que nos dice. Que por ejemplo, los venezolanos no nos sentimos orgullosos de nuestras obras o no las reconocemos como importantes. Que a pesar de ser un país eminentemente urbano, le tenemos un secreto resquemor a las ciudades. Que somos románticos, en el sentido de nostálgicos de la naturaleza y enfrentados irremediablemente con el progreso y la modernidad.
La cuestión aquí es cómo producir una lectura sobre nosotros mismos más apegada a lo real, porque nuestro imaginario nos hace escapar de lo que podemos llegar a ser y nos ancla en lo que ya no podemos ser. Para ello luce indispensable, en una magnitud que trascienda a las élites, reivindicar lo urbano a pesar de no ser lo "políticamente correcto". También recobrar nuestra tradición civil y tornarla valiosa. Y por último, dejarnos de ver como añorantes montunos extraviados en el asfalto para reconocernos como ciudadanos de espacios que, por muy anárquicos y caóticos que hoy día sean, tienen una capacidad de humanización extraordinaria, tan grande como nuestros sueños y nuestra capacidad de llevarlos a la práctica.
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