
La desmedida vocación mediática del caudillo lo llevó a cometer los desaguisados de la sede de la ONU y del Harlem. El golpe publicitario que buscaba lo logró. Su figura es mucho más conocida ahora que antes de sus estrambóticas intervenciones. Solo que el costo para la nación ha sido demasiado alto. Las posibilidades de que vengan inversiones extranjeras con un presidente tan dado al espectáculo fácil y a la agresión injusta, se redujeron aún más. Venezuela se proyecta como un país dirigido por una persona inestable, egocéntrica y pendenciera, capaz de desatar graves conflictos con el único propósito de satisfacer su egolatría. En un mundo interconectado y globalizado, donde debe dárseles seguridad a los inversionistas, lo que Chávez ofrece es incertidumbre y violencia. Mal negocio para el país. De paso, la nación, por la desmesura del autócrata, puede haber perdido la oportunidad de obtener el puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Esto no sería grave si la desaforada campaña de Chávez por conseguir esa representación, no nos hubiese costado una inmensa fortuna. Dinero que bien habría servido para mejorar los hospitales, las escuelas, construir viviendas y, sobre todo, incrementar la seguridad ciudadana. Por el derroche y la imprudencia habrá que pedirle cuentas.
Chávez es una quimera. Después de ocho años al frente de gobierno, sigue conjugando los verbos en futuro. Promete resultados que debió haber obtenido hace varios años. Su propio mito lo ha construido no como, por ejemplo, Ricardo Lagos, afincado en la eficacia y la responsabilidad, sino a partir del gasto dispendioso de la riqueza petrolera, los “golpes” publicitarios y las extravagancias delante de los flashes, como esa de anunciar cada cierto tiempo un magnicidio.
Su comportamiento como presidente lo está reproduciendo como candidato continuista. Ahora es como Internet, no sube cerros, ni dialoga con la gente común y corriente. Su contacto con el pueblo es tangencial. No suda ni siente el calor de quienes todavía confían en él. Considera que la victoria del 3 de diciembre la tiene asegurada porque cuenta con la mayoría de los miembros del CNE, posee el control de todas las instituciones del Estado y cree mantener sometidas a las Fuerzas Armadas. Desprecio del más puro el que siente por la mayoría de los votantes, incluidos en primer lugar sus simpatizantes. La campaña del candidato Chávez no guarda ninguna relación con la de un líder carismático genuinamente popular, admirado y querido.
En días recientes señaló que era una temeridad de Manuel Rosales ir a los barrios pobres, pues supuestamente estos eran territorio chavista. Algo perecido a que él, líder de los desamparados, se presentase en La Lagunita. Además de establecer una división odiosa -inaceptable en boca de quien fue electo para ejercer la presidencia de todos los venezolanos- esa afirmación no resiste ninguna prueba. El candidato en trance de reelección no se atreve a ir a las barriadas populares, ni transitar por ellas, como haría un dirigente democrático que trata de obtener el voto de sus conciudadanos. Las pocas veces que está en Venezuela, Chávez se refugia en Miraflores. Su campaña en Caracas y en el interior no avanza en medio de la relación directa con quienes irán a votar en diciembre. Álvaro Uribe, mandatario de un país con un conflicto secular y con unas FARC que habían prometido sabotear los comicios, salía a estrecharles las manos a sus compatriotas de los sectores populares. Sin embargo, el hombre de Sabaneta, que se considera como el único venezolano capaz de gobernar el país, a pesar del aprecio con el que dice contar, no se atreve a pasear por los barrios humildes, ni por las urbanizaciones de la clase media, ni por ningún otro lugar que no sea el Harlem de New York. En las caravanas y mítines de su campaña, el candidato luce como el líder distante e inaccesible que ha terminado siendo. El poder y la adulancia lo envanecieron. Razones para no encontrarse con los ciudadanos de a pie le sobran. Todos los problemas de Venezuela se han agravado desde que asumió la presidencia. Hay más pobres, más desempleados, más inseguridad, más niños en la calle. La inflación no cede. Los inversionistas no llegan.
El relativo fracaso de Lula, quien no pudo obtener la victoria en la primera vuelta, como él, sus seguidores y muchos especialistas esperaban, debe de tener a Chávez intranquilo. Si eso le ocurrió a un Presidente carismático y exitoso, ¿por qué no puede pasarle a una decepción en ejercicio?