
La estructura dramática del film se construye sobre la base de largos flashbacks que narran el proceso de deterioro de la pareja —el primer encuentro, la boda, el embarazo, el primer golpe, la siguiente paliza, etcétera— a partir de una situación de violencia a la inversa. De esta forma se ilustra la dimensión de un drama contemporáneo —oculto pero persistente— que azota a nuestras sociedades, tanto en España como en América Latina. Se revelan conductas patológicas fundamentadas en arquetipos invariables. El hombre que provee al hogar, la mujer que se dedica al hogar, el hombre que manda, la mujer que obedece, etcétera, constituyen los referentes básicos de la situación.
Pero sobre todo, la película pone de manifiesto la indefensión jurídica de la mujer. Lo que subyace en el planteamiento de Sólo mía no es que se trata de una lamentable práctica cotidiana —cosa que sabemos de sobra— sino que la estructura judicial de la sociedad no está en capacidad de defender a las víctimas, más bien las condena. Lo otro que se pone de relieve es que son las propias mujeres quienes pueden introducir elementos de cambio en la situación.
Tal vez el final de la película extrañe un poco. Quizá el espectador esperaba otra resolución. Pero de lo que estoy seguro es que no hay happy end.
SÓLO MÍA, España, 2001. Dirección: Javier Balaguer. Guión: Álvaro García Mohedano y Javier Balaguer. Fotografía: Juan Molina. Montaje: Guillermo Represa. Intérpretes: Sergi López, Paz Vega, Elvira Minguez y Alnerto Jiménez, entre otros. Distribución: Gran Cine.
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